El nacimiento de Mateo.

Olía a Jazmín, igual que la casa de mis padres en primavera. Era el aroma que me había acompañado las últimas semanas de gestación. Uno de mis aromas favoritos.

Tenía la sensación de estar en el lugar correcto, en el momento adecuado. No era el parto para el que me había estado preparando. Estaba en un pabellón. Estructuralmente muy parecido al pabellón donde nació mi primera hija. Pero estaba lleno de personas y detalles que lo transformaban en un lugar amoroso. Completamente distinto a la inne-cesárea anterior.

Esta vez, realmente mi porotito necesitaba ayuda para llegar. Ya me había dado sus señales. ¿Que hizo que está vez fuera distinto?

– Sonaba la música que habíamos elegido para la llegada de nuestro pequeño.

– Estaba acompañada por mi esposo y mi Doula. Ambos me dieron la fuerza que necesitaba en ese momento tan crucial.

– No “me lo sacaron” como hace tres años. Esta vez nadie tironeo a mi bebé. Nació suave y lentamente.

– Lloró muy suavecito y se calmó rápidamente sobre mi pecho.

– La luz no nos llegaba directamente, Mateo pudo abrir sus ojos y nos miramos.

– Pude tomarlo y abrazarlo libremente, porque mis manos no estaban atadas. Yo imaginaba que iba a mamar en ese momento, pero no fue así. Era el momento de reconocernos, hablarnos, mirarnos y llenarnos de amor mutuamente.

– No hubo prisas, nos tomamos el tiempo que necesitábamos para hacerlo.

Luego, mi porotito fue acompañado de su papá a que lo midieran, pesaran, etc. No alcanzaba a verlo, pero sabía que estaba bien junto a papá.

Cerré los ojos y repasaba en mi mente todo lo vivido. Había sido un nacimiento sagrado. No dejaba de sonreír, todo había sido maravilloso. ¡Me sentía inundada de oxitocina!

Al terminar la cirugía, la ginecóloga agradeció al equipo el silencio. ¡Qué importante fue el silencio de ellos, para yo poder escucharme en intimidad con mi bebé!
Me entregaron mi placenta. ¡Qué hermosa que era! Mi cuerpo la creo para alimentar a mi hijo durante 9 meses. Decidimos que seguiría nutriendo a mi familia. Por lo que se transformó en abono de un precioso palto que tiene la edad de mi hijo.
Mi primera hija, nació de forma muy distinta. También fue una cesárea, pero cargada de violencia obstétrica. El dolor que había causado en mi alma la cicatriz anterior, me movilizó durante todos estos años. Me llevó a encontrar la forma para que mi hijo pudiera nacer en paz, con respeto y amor. Libres, sin imponer los intereses de un tercero, sino atendiendo nuestras propias necesidades.
Volví a ver a mi porotito muy pronto, mientras estaba en la sala de recuperación. Ahora sí que era el tiempo de mamar. ¡Hace menos de una hora estaba en mi útero y ahora ya estaba prendido al pecho como si siempre lo hubiese hecho! El pronto inicio de la lactancia además de ser un momento muy especial, me ayudó mucho en mi recuperación. Sangré significativamente menos que en mi cesárea anterior.
Fue uno de los días más hermosos de mi vida, el nacimiento de mi hijo menor.
Iniciando la lactancia en la sala de recuperación
 Mi ginecóloga me explicó que removió la cicatriz anterior, para que se formara una nueva. Esto no ocurrió sólo en mi cuerpo, sino también en mi alma. A pesar de no ser el parto con el que soñé, fue un nacimiento absolutamente respetado y amoroso. Así fue como esta cicatriz logró sanar la herida que había dejado en mi alma la cesárea anterior.
Fue un día hermoso, lleno de detalles que atesoro en mi corazón.
Descubrí que se puede nacer con amor y respeto dentro de un pabellón. 
Gracias a todas y todos los que fueron parte de este proceso.

Lorena

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s